Fernando G. Castolo*
En
días pasados observé, en un jardín público de la ciudad de
Guadalajara, a una persona instalada en el mismo, con su casa de
campaña perfectamente bien montada. Claro que me llamó la atención.
Era de noche. Mientras lo pensaba, llegó la patrulla de la policía
municipal. Al momento le solicitaron al ciudadano que recogiera sus
cosas y se retirara. Le dijeron que en el próximo rondín ya no lo
querían ver ahí. Sin cuestionar nada el ciudadano recogió todo y
se marchó…
En el caso de nuestra comunidad, existe un caso
similar que ya perturba a una gran mayoría de personajes que
transitamos por el lugar, por los meses que ya han transcurrido. Se
trata de unas personas (¿indigentes?) hacinadas en el extremo norte
del espacio atrial del templo parroquial de El Sagrario. Ahí,
pegados hacia el muro de las oficinas del Obispado, se han
posicionado del espacio esas personas que, además, han propiciado
una pésima imagen de uno de los entornos más emblemáticos e
icónicos de la ciudad, reconocido como el espacio fundacional de la
antigua Zapotlán.
Los fétidos olores que emanan (provocados
por orines que ya han secado un árbol) también son motivo de
molestia entre los transeúntes. Me han informado que, tanto las
autoridades eclesiásticas como gubernamentales, se han aproximado
hacia estas gentes a fin de solicitarles, con mucho respeto, que
desalojen el lugar, obteniéndose una negativa siempre.
Algunos
particulares, con los que he coincidido, argumentan que nada se puede
hacer dado que es un espacio público; sin embargo, yo cuestiono: ¿no
es, acaso, más grave propiciar malestares a los muchos transeúntes
que no estamos de acuerdo con este asalto a nuestros espacios?; ¿no,
acaso, todos tenemos derecho, por igual, al disfrute de los mismos?
Conforme los días han pasado, las personas posicionadas del
espacio han acrecentado su patrimonio: cada vez existen más bolsas
encimadas unas con otras y, por consiguiente, el espacio que ocupan
es más amplio. Muy pronto se vendrán las lluvias y, entonces, es
posible que acondicionen algo más formal, perjudicando aún más la
imagen urbana. ¿Cuál será la voluntad que hace falta para
desembarazar este espacio que le ha sido robado a la comunidad?
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