Salvador Encarnación
Martín
Romo Becerra (qepd) interpretó con su lectura la poesía del padre
Placencia (Jalostotitlán, 1875 —Guadalajara 1930) en un disco
compacto (CD) grabado dentro de la colección EscuchARTE Jalisco, con
el apoyo del PACMYC, el H. Ayuntamiento de Jalostotitlán y
Vics.
Romo Becerra fue ganador de concursos de oratoria en su
adolescencia organizados por el Consejo Nacional de Recursos para la
Atención a la Juventud (CREA) en 1986. Desde entonces se le conoció
como el recitador de Jalos, su pueblo de origen. Este disco, es la
segunda presentación que hace Romo en CD de la poesía del “Bardo
del dolor”, como se le califica a Placencia. El primero, ya
inconseguible, apenas si se tienen datos de su existencia. En esta
segunda entrega se incluye una selección hecha por el declamador
quien afirmó en una entrevista con Alejandro Gutiérrez: “…tengo
20, 25 años declamando los poemas de Alfredo R. Placencia”.
Los
poemas que se incluyen en 20
poemas del bardo…,
están los poemas que se esperan estén incluidos: El
libro de Dios, El Cristo de Temaca, Ciego Dios, Mi Cristo de Cobre,
y otros dieciséis que hacen que la selección sea de primera.
En
cuanto las ediciones de los libros del padre Placencia, son
inconseguibles. Ernesto Flores hizo una reedición de El
libro de Dios, además
de una plaqueta para la UNAM, Alfredo
R. Placencia Otro Adán expulsado
y para FCE/CNCA, Poesía
Completa, también
inconseguibles. Existe el temor fundamentado que este CD esté
corriendo la misma suerte.
La presencia del padre Placencia en
el Sur de Jalisco está ligada principalmente al pueblo de Atoyac,
donde fue párroco (23 de enero de 1920 a julio de 1921). Ahí
compuso el poema Miserere,
dedicado al Señor de la Salud, el Cristo de la población. Antes,
1910, se le invitó como maestro del Seminario de Ciudad Guzmán,
puesto que declinó “estoy enfermo de los ojos” y le fue tomado
como desobediencia.
En el siglo pasado, cuando niño, Juan
José Arreola recitaba, entre otros poemas, El
Cristo de Temaca. Esta
envidiable virtud le valió allá en el Zapotlán de la tercera
década del siglo, el apodo de “Juanito el recitador”. El 14 de
abril de 1932, fue la develación del busto de Gordiano Guzmán en la
Plazoleta “De Mendoza” (ubicada en la confluencia de las calles 1
de Mayo, Contreras Medellín y Núñez). En esa actividad: “El niño
Juan José Arreola, notable declamador de doce años, recitó «Raza
de bronce»,
que le fue aplaudida estrepitosamente”, señaló El Corresponsal de
El Informador.
En su clase de Taller Literario —valga el recuerdo—,
Arreola le daba lectura en voz alta a sus poemas preferidos. “¿Ya
leíste al padre Placencia?” preguntaba. Y con su mano izquierda
mostraba el poema (utilizándola como atril) y su voz fluía en la
melodía correcta del poema. Otro lector del padre Placencia fue el
poeta Ernesto Flores. Desde su inmenso sillón leía y escuchaba los
poemas de los ahí reunidos. “Así te ves mejor, crucificado./ Bien
quisieras herir, pero no puedes.” Leyó un tallerista. “Dele un
tono de ironía” acotó Flores de inmediato. Y la lectura en voz
alta fue otra.
Fue una sorpresa encontrar este disco en la
librería Mariano
Azuela en Guadalajara.
Estaba en caja haciendo el pago de un libro cuando miré sobre el
escritorio el CD. ¿Cuánto? pregunté. Un señor lo tomó y dijo:
“Se lo regalo”.
El CD en comento trae impresos los veinte
poemas en un pequeño cuadernillo que sirve también de portada. Las
lecturas de los poemas se acompañan con la música de un piano, a
manera de fondo. No se indica el nombre del pianista ni el de las
composiciones musicales. Otra observación es la secuencia de los
poemas en el cuadernillo, no es la misma que en CD. Y eso causa
molestia. Además, se pudieron percibir dos o tres malditas erratas.
A manera de ejemplo, al poema Mis
versos hoy, está una
(Y) griega en mayúscula y es minúscula. O en el poema El
gran beso de Dios, al
primer verso le falta el punto y aparte; al igual que al verso ocho.
En una sucinta antología de poetas mexicanos, José Emilio
Pacheco opinó: “Párroco en pueblos apartados, Placencia fue el
iniciador de una poesía religiosa mu y auténtica que supo hallar un
tono diferente al de los místicos españoles. Toda su obra, que
apenas comienza a ser leída, es como una violenta oración que
interroga a Dios sobre el mal en el mundo”.
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