Mi
padre tenía un pequeño radio de pilas que, dado su momento, le injertó un
convertidor para que chupara energía eléctrica. Era pequeño, muy pequeño y
verde. Siempre, entonces, estuvo colgado de una alcayata clavada en la pared
junto a la puerta de la cocina que daba al corral.
Entonces
yo por las tardes me sentaba en una silla de ixtle a escuchar música en las
estaciones de radio de AM de Zapotlán; eso antes del convertidor. Pero luego de
su transformación, todo cambió. Mi universo auditivo —de imaginación y sueños—
me fue mutado. Antes limitado, de pronto una tarde-noche descubrí —literalmente—,
el mundo.

Pero
donde permanecí más tiempo fue en la frecuencia 1060 kHz de la XEEP: Radio
Educación (de México). Fue allí donde tuve mi primera educación libresca, es
decir: las radionovelas basadas en obras literarias que dramatizaban me fueron
sugiriendo libros que iba anotando en una libretita, en tanto temblaba de
emoción escuchando Los bandidos de Río
Frío (verbigracia) que en los viajes a Guadalajara iba a comprar en la
Librería Gonvill de Juárez y 16 de septiembre.
Me
recuerdo bajando las escaleras de la librería hasta alcanzar el sótano y abrir
los ojos para encontrar los títulos, que en su mayoría estaban en la editorial
Porrúa.

La
radio —vuelvo a los oídos— me educó. Soy —ya dije— un ser auditivo por
naturaleza y por educación (aunque mis estudios en Artes Plásticas y el mucho
cine que he visto, también me hicieron visual). Ese radiecito (y un Majestic
amarillo con blanco) fueron mis maestros en la infancia y la adolescencia. La
radio —no tengo dudas— me condujo hacia la literatura. Allí aprendí mis
primeros pasos como narrador; en esos aparatos supe que las palabras no sólo se
escribían y tenían un efecto, sino que el modo de decirlas y de escucharlas
también causaban un efecto en mis emociones y mi intelecto. Ya no es (casi)
necesario decirlo: la radio me llevó al teatro y a querer ser actor (y a la
declamación y locución), y una vez ir a los estudios de la XEBC y mirar y
mirar, escuchar y escuchar, hasta lograr trabajar allí por algunos años.
La
sorpresa diaria de escuchar esas voces en las mañanas y las tardes-noches de mi
niñez y adolescencia, dieron sus frutos. Me declaro, en todo caso, un adicto a
los sonidos, a las palabras, al lenguaje, al chisme, a las historias que me
jalan el oído y no puedo dejarlas ir.
Mi
mundo se modificó esa milagrosa tarde-noche, pero yo ya había sido preparado
para ese llamado al que acudí y sigo
acudiendo…
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