I
¿Es el
canto del sol de las cinco de la tarde quien derrama la noche en tus cabellos?,
¿o son mis manos las que desean el placer vespertino y solemne de tocar tu
negra cabellera como si fuera lluvia sobre tu rostro?
¿Es un
secreto lo que ambos deseamos —en este instante— para guardarlo bajo sábanas
blancas?
Tu
rostro, del mediodía a la noche, es un resplandor que canta en mis oídos, como
si mis ojos ahora fueran sólo para ti. Es tu callada voz un misterio que apenas
descubro y resuena como un caracol que canta y desvela al corazón un nuevo
temblor.
De ayer
a ahora, de mañana hacia el futuro voy descubriéndote y abro yo mismo la
conformación de lo que quizá sucederá. De lo que deseo ser.
Apenas
ayer caminábamos mirando las calles y hoy tus labios trajeron una alegría que
tal vez pasado mañana será una tristeza.
Es el
sol de la mañana quien trae el resplandor, quien sabe que mis ojos están en un
punto fijo. ¿Es tu grave voz la que me trae el recuerdo de la noche? ¿O es la
noche quien te hace surgir como si fueras una delicada presencia apenas
perceptible y ya muy agradable?
Surges
de la noche a la luz; del pensamiento al pensamiento: como una flor que abriera
los ojos.
Vamos
del desconcierto a la vida y de la vida al secreto.
Creo en
el Destino como creo en el amor.
II
Comienza
a remar, frágil corazón, hasta alcanzar la inexorable vía; húndete en el oscuro
sueño de la dama de negra cabellera cuando los filos de su grito son la
hiriente luz de la madrugada; hasta que el cuerpo, tendido como una albeante
sábana, sea la noche iluminada por una estela de luz; húndete para que su mano
te busque y para que su mano encuentre la tuya, para que, a la hora del grito,
te tome y te lleve por el sangrante río como un repetido eco de lamentos.
Búscala
siempre y nada preguntes: no pidas lo que no deseé dar. No busques respuestas
—recuerda que ella es la encarnación del misterio.
Creo en
el Misterio porque en él hay comunión.
III
En el
Templo, donde somos oscuros y en las sombras, donde —como a la hora del baño, o
en el instante del beso—, nos convertimos en tiempo detenido. Aquí, donde las
sombras me oscurecen el rostro y tu sonrisa, como el agua del baño matinal es
agua circulante. Aquí, bajo cielos de sombras, donde el agua nos llueve, donde
por un instante tus dientes en mis labios, tus labios en mi boca, tus miedos y
temores. Aquí, mojados por tus lágrimas, donde nuestras palabras, oscuras y
sedientas, son hoy para siempre.
¿Y si a la hora del baño —como en
el instante del beso— abandonamos todo? Quedaría la fijeza de nuestra certidumbre
y el tiempo contenido. Habría entonces una dulce manera de que nuestros
cuerpos, en la oscura recámara, quedaran enlazados...
El
tiempo y la luz nos pertenecen.
IV
Como si
en la sombra de pálidos cristales me miraras; como si en el tubo del
caleidoscopio en el que ahora viajo yo te viera —repetida y multiplicada—, así
es ahora el vértigo. Así es ahora la caída.
Y mi
rostro, incoloro, recibe tu mirada y me miro mirarte en el instante en que te
alejas. Y me miro perderte de vista y del tiempo en que te pierdes...
—¿Me detengo?
Convengo
estar en mí, porque en mí acontece todo.
V
...Y mi
oído escucha tu voz —tu multiplicada voz que me busca—, y en este instante cae
a tus espaldas la iridiscente luz que te oscurece.
La oscurecida luz en nuestros
cuerpos, la lenta luz como un lento licor, la ardiente sensación de dos
pensamientos, de dos cuerpos que se buscan porque ya no saben estar... —y es como si yo mismo me mirara
en medio de la sala en la que habita la soledad.
El
delicado alcohol es, a veces, el ostensible espíritu de Dios.
VI
Bajo un
árbol en sombras, en la enardecida estancia en la que aparecemos juntos: enlazo
mis labios a los tuyos para reconocerme.
Son los
labios navegando en los labios, es la noche que nos cubre a la hora en que
hablas (en el frío jardín) de la muerte —los rostros, nuestros rostros,
cubiertos por tu negra cabellera y el libre albedrío que derrama tu boca en la
mía.
En el
pasillo, iluminado y solo para nosotros, tus labios se dispensan en los míos
igual que el ardor en nuestros cuerpos.
En este
iluminado recinto digo o pienso lo que siento por ti. Digo y siento lo que
deseo:
Dama de primoroso sonreír,
de encanto supremo, dama,
la casa está vacía,
pues tu presencia no ha atisbado.
Miro el
amanecer antes de que aparezca la aurora; escucho el nuevo canto de los pájaros
al escuchar tu voz recién amanecida.
Vuelve
a surgir el pedazo de luna que estaba la otra noche entre tus senos...
Insana
es la mentira cuando el corazón miente.
VII
Es el
tiempo de recibir los frutos del amor; el tiempo de las dudas; el tiempo entre
los árboles, el día del viento entre las hojas: el instante en el que nuestras
palabras, sumergidas en el intenso bosque, son apenas susurros y nuestros
cuerpos ardor.
Mis labios recorren el manantial de
tu boca, tu aliento es mi alimento, mi sudor es la mar... son mis labios
descubriendo tu piel; es mi boca que come tus pezones, henchidos y altos igual
que diminutas torres que el viento apenas toca... es la frescura de tu mirada y
es el incendio... es la rabia del amor encendido y apagado y otra vez en
llamas... es la piel en la piel la que dice amor y dice te
amo... —son las manos las que dicen adiós y nuestro secreto lenguaje el que
dice “me quedo en ti por una eternidad”...
Guardo
los murmullos del bosque para que vivan en mí.
VIII
Cuando
el encanto, cuando la noche, cuando los labios entregados fueron las llamas de
las velas, tus manos en las mías conformaron los pasos hacia el advenimiento.
Mis
manos en las tuyas, tu cintura en mis brazos, tus dedos en mi espalda, tus
labios en mi boca: volvieron las miradas.
Y la
sal de tu cuerpo y la música de lento transitar y el cielo estrellado y sin
estrellas, formaron nuestra casa...
Las mesas caminantes,
las huellas de las sillas,
el vino y sus encantos
volvieron el amor fructificante.
XI
Aquella
noche de fervor deseé estar en ti. Ser la semilla y germinar. Ocupar el
espacio, el territorio de la flor. Deposité en tu cuerpo la estrella de mi mano
y la luna de mis labios en los tuyos como un símbolo.
La
noche, entonces, trajo sus misterios: fui el silencio que nos dejó vacíos y la
máscara que llamamos Deseo.
Te
estoy mirando mirarme —ahora.
X
Como
nubes que dispersan el viento, como flores que iluminan el día, como cuerpos
que se acercan a las manos, como labios que existen al rozar una boca, como
lluvia que moja los cielos, como ojos que abren la vida, como jardines que
crecen en las rosas, como pájaros que fraguan el viento, como cielos que forman
la tierra, como negras cabelleras que hacen crecer la noche, como el ardor que
aleja a los cuerpos...
—Equivoco el método: debo parar.
Qué
temblor: siempre la misma sensación de fracaso —en todo.
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