Mercedes
Imelda Avalos Ruiz
En esta
época de festividades de nuestra región geográfica me parece prudente abordar
la relevancia que adquieren las tradiciones como parte de la dinámica de una
sociedad cualquiera. Habría que revisar la influencia que ejerce en la vida de
cada persona, en los avatares de la vida cotidiana y ordinaria, en todo lo que
encierra la tradición misma; cómo nos influye voluntaria e involuntariamente,
de manera directa o indirecta, de forma explícita e implícita. Por esta
ocasión, sólo haré algunas aseveraciones de nuestras tradicionales fiestas
octubrinas y su relación con la educación.
En
nuestra localidad empiezan los “ensayes” y vamos recorriendo las calles que al
final del día nos llevan a nuestro hogar y resulta que la de acceso directo a
casa está cerrada porque se ensaya ahí una danza; sin permiso ni aviso, pero al
mismo tiempo con toda la autoridad del pueblo y la venia de quienes participan.
Por más que alguien repele, se enoje o reclame, no hay vuelta atrás. Sobrepasa
la tradición a la educación cuando quienes organizan el ensayo no tiene la
atención de informar a quienes viven por esa calle que se cerrará a determinada
hora para que tomen precauciones. La tradición se vuelve ley y se olvidan que
hay diversidad de religiones, intereses, prioridades, actividades, situaciones
inesperadas como el pase de una ambulancia… etc.
Al dar
inicio las peregrinaciones, se interrumpe el tráfico y el flujo se hace más
lento. “Todo mundo” lo perdona porque son parte de la tradición en un lugar que
pretende crecer y son insuficientes las calles para el progreso. Los agentes de
tránsito cierran las calles varias cuadras a la redonda de donde pasarán los “enrozos”,
peregrinaciones o los “carros alegóricos”. Desconozco si reciben órdenes o es
bajo su iniciativa, puesto que podrían omitir el tráfico solamente por donde de
verdad habrá esos eventos para perjudicar menos el flujo vial; en vehículo
particular resulta difícil transitar y en los urbanos, con el cierre de calles,
se van “por donde pueden”... otra vez la educación se pierde o minimiza y con
ella el razonamiento lógico, se ausenta la paciencia, la cordura, y los valores
en general, provocando caos ante tanto movimiento fuera de lo ordinario para
nuestra “pequeña gran ciudad”.
Suele
suceder que cuando la comunidad que celebra sus fiestas tradicionales está
ubicada a borde de carretera, hasta el paso vehicular se dificulta o definitivamente
se interrumpe, ya que la carretera misma es la calle principal y área de
reunión del pueblo y lógicamente los maestros tienen dificultad para acezar a ese
lugar y si logran llegar, obvio no acuden sus educandos. Y no se diga de las
localidades en que la tradición es la ley prioritaria antes que cualquier regla
educativa. Ello ocasiona que las actividades cotidianas se centralicen en las
tradiciones y la educación formal pasa a un segundo plano.
Con esta
reflexión no pretendo ponerme en contra de nuestras tradiciones, ya que son
parte de nuestra identidad, son base de nuestro acervo cultural que nos ofrece
identidad, origen, esparcimiento además de que favorecen la conformación, unión
e interacción de una sociedad que comparte usos y costumbres en común. Más bien
con lo señalado puntualizo y reconozco lo que las tradiciones sobrepasan a la
educación y que por ello debe de ser incluida en nuestras actividades como
docentes. Pero al mismo tiempo recomiendo a las personas que coordinan u
organizan la preservación de las tradiciones, así como autoridades locales,
procurar una moderación que no afecte los procesos educativos y; a los interventores
educativos de cualquier nivel y jerarquía, informarnos mejor de orígenes y
significado para aprovecharnos de ello en nuestras actividades didácticas en
favor de los educandos y lograr así una conciliación entre ambos sucesos
fundamentales en una sociedad que pretende progresar.
*Asesora
del Centro de Actualización del Magisterio de Cd. Guzmán
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