A la memoria de Rius,
Jaime Avilés
y Víctor Manuel Cárdenas
A principios de los años ochenta entré
a trabajar a la radio; allí hice de todo: limpié pisos, cobré facturas, elaboré
programaciones diarias de música, hablé ocasionalmente en los micrófonos y
operé en turnos de seis horas en casi todas las estaciones que en ese tiempo estaban
en Zapotlán. Fue en el turno vespertino de la XEIS, La Rancherita, que conocí
al locutor y periodista Juan José Ríos Ríos.
Ríos era un hombre serio y de pocas
palabras en persona, pero ante los micrófonos era otra cosa, lo mismo que en el
periodismo radiofónico y en el escrito. Durante largos años lo escuché conducir
el noticiero “Nuestra Ciudad”, que se trasmitía por la Poderosa XEBC, si mal no
recuerdo, por las mañanas.
Cuando lo conocí ya había abandonado su
noticiero radiofónico, pero era el comandante de la sección sur de Jalisco del diario
Ocho Columnas, que tenía sus oficinas
en el segundo piso de un bajo edificio de la calle Federico del Toro, sobre lo
que fue el primer supermercado que tenía un nombre curioso: Chedelté (apócope
de los apellidos de los dueños, que ya deben adivinar).
Leí la cita, recuerdo ahora, y decía
José Ortega y Gasset, pero yo omití el nombre en mi lectura y estuve seguro que
eran dos y no uno. Cuando según eso había pulido bien el texto pensé en
publicarlo en un periódico. Y una tarde subí las escaleras y entré al huevo de
oficina que era la redacción del Ocho
Columnas en Zapotlán. Entré, digo, y vi a una muchachita delgada y
sonriente (que después fue mi compañera en los primeros semestres de
preparatoria que cursé en el mismo edificio de la secundaria, pero que se
llamaba José María Morelos), Rosario Chávez. Ella se puso de pie, dio un paso y
ya estábamos dentro del privado de Juan José. Le mostré el texto, me hizo
algunas observaciones, me sacó del error y dijo que sí, que esa misma tarde se
iba en el paquete de notas hacia la redacción de Guadalajara. Pero no se
publicó de inmediato. El texto iba y regresaba. Iba y regresaba, iba y
regresaba hasta que por fin una mañana apareció en las páginas mi texto. Fue
algo extraordinario en mi vida. Fue el comienzo de mi vida como reportero y
columnista que luego continué (entre muchas otras) en publicaciones como el Diario de Colima, El Occidental, Paréntesis,
El Informador, El Financiero (en Guadalajara y la Ciudad de México), La Gaceta de la Universidad, La Estrella (en Dallas, Texas) y, claro,
en Ocho Columnas, donde permanecí por
toda una década recordando todos los días que la vida da vueltas, y en sus
giros nos retorna a los orígenes.
Ya en otra ocasión escribiré sobre lo
que para mí es el periodismo, pero ahora aquí en Diario El Volcán hago ese homenaje necesario a quien me dio ese
empujón para caer en las aguas de la alberca que es el diarismo. Creo ahora —y
siempre lo he pensado— que a ese aliento de perseguir un sueño le hace falta
siempre un cómplice, ese quien debe darte una oportunidad y creer en ti,
solamente eso. Pero luego reflexiono que sí, que es fundamental, sin embargo el
permanecer en los oficios, como en la vida, tiene mucho de resistencia. Ahora
puedo contar ya treinta y cinco años como reportero y me alegra, como me alegró
esa primera vez que apareció un texto mío en los años ochenta gracias a Juan
José Ríos Ríos. La primera vez en algo, como la resistencia en algo, son parte
de la vida. Es más: son la vida misma. Pero siempre falta ese Alguien para que te diga que sí, que
adelante, no hay duda en ello…
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